Si lo que escribo lo escribo y lo cuelgo, es porque me gustaría hacerlo público. Pero en el fondo sé que debo guardarlo. Pero guardado, me enfermaría las venas, y vivir enfermo no me cierra como opción de existencia, no si puedo evitarlo. Entonces, lo digo, y digo... pero no, algo me detiene. ¿Si lo digo y pasa a ser un enfermedad la consecuencia de lo dicho? A la mierda, un encrucijada. No hay que dudar, me digo. Pero la encrucijada está y me hace dudar. Entonces resuelvo: no lo digo, y alguien me preguntará. Generaría un suspenso, al menos de una sola persona, cualquiera. Que buena idea, hacer suspenso justo ahora. Pero mientras no lo diga, me queda el alma en suspenso por no decirlo. En las películas de suspenso hay tres variantes fundamentales: 1- Los personajes saben que pasó pero el especatador no hasta el final; 2- El espectador sabe que pasó y no los personajes hasta el final; 3- Ni los pespectadores ni los personajes saben que pasa hasta el final. Y en todos esos casos, siempre el final es un gran vuelco, un giro inesperado que, si la peli es buena, nos supera las espectativas. Entonces pongo suspenso, como el tercer caso. Estoy en una película, y el final puede que me sorprenda. El tema es que no sé de que lado ponerme, si del espectador o el personaje. O, ¿ambos?
lunes, 19 de mayo de 2008
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