Tengo que revivir el fuego de hoy. Y no dejar indiferentes a los carbones ni mucho menos cenizas livianas. Y si quedaran cenizas, me gustaría fueran anchas, pesadas, opulentas que te golpeen o te ensucien bajo la piel. Al menos que, claro, reviva el fuego. Y tan sólo con la intención, unas llamitas débiles prendieron. Debo alimentar ese fuego decaído. Pero la madera que tengo a mano está húmeda, tanto como el interior de un sapo; los papeles de diarios se volaron, la planchuela que tengo para apantallar es de saliva y la botella de alcohol quedó destapada y se evaporó el destemplado líquido; querosene en mi barrio de cal no venden y los cuervos me hurtaron los fósforos. Tendré que hacer el sacrificio. Hoy no voy a comer de mi corazón, ni un mordisco, ya no, queda poco. Lo voy a arrojar sobre las llamas. Y lo hice, pero el fuego se apagó; no recordé que dentro de mi corazón vive un río. No lo premedité. Como siempre.
viernes, 1 de mayo de 2009
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