martes, 4 de marzo de 2008

Horizonte


Hoy me desplacé al amanecer con una bestia en la mente, sin proponérmelo, pero no voy a hacer nada para corregirla, la voy a dejar, que siga y se haga más grande. En la espiral de las ideas alcanzará un gran terreno. ¿Cómo podemos hoy obviar la idea de Apocalipsis en el sentido de finitud del mundo, no religioso? Además lo estamos viendo muy horrorosamente frente a nuestros ojos y pasa por nuestras teles. “Qué horror”, gritamos todos, “nos estamos acabando unos a otros… hay que detenerlo…” pero pregunto yo: ¿hay alguno que quiera perderse el Apocalipsis, que no quiera verlo, aunque sea en la tele?

Hubo años que a todos nos gustaba mirar, leer o escuchar relatos livianos, nada grueso y denso. A casi nadie le caía bien el marxismo, el catolicismo, hablar del capitalismo. ¿Para qué? ¿Para qué pensarlo? Aburrido. Un tremendo bajón. Además ya no “había” guerras. ¡Estábamos tan felices desde el inicio de Internet y chatear con alguien en Grecia o leer el diario de Irlanda o mirar a alguna desvestirse en la pantalla por más lejos que estuviera! Todo había empezado a ser “transparente” y rápido; pero, por aquel entonces las obras de buenos y felices artistas dejaban de tener su firma, se entregaban a la individuación. Y arranca los años del seudónimo y el encierro y la pérdida de nosotros, de nuestro ser, lo homogéneo y la mentira de llamarnos únicos ante los ojos de quien nos administra; la música de pronto se volvió plana, sin climas ni momentos, las obras de teatro eran una correlación de escenas o “frases” encadenadas sin trama; el cine sufrió prácticamente la lepra; la tele y los diarios hablaban de las extensiones de Susana Giménez o el problemático y existencial subibaja del rating; los cuentos o novelas contaban los pensamientos de un tipo cualquiera o igual a todos a lo largo de una caminata de una cuadra o a lo largo del día; y también quisimos cambiar el lenguaje o no volver a usarlo. Empezaba, en este costado del mundo, el paupérrimo avance hacia las profundidades de las tinieblas, con Internet y reproductores de MP3 y en compañía de cuadros hecho de manchones de colores superpuestos y alguna que otra foto “intervenida”.

Y mientras tanto, las muertes aumentaban en número. Cayeron las Torres Gemelas, se atacó Irak, palestinos e israelíes se arrancaban los ojos, China crece a ritmo vertiginoso (de manera nuclear también), URSS se va aliar a alguno que ande con ganas de volar el mundo y que no sea USA. Quieren matar el amor, el que sea, en todas sus formas.

Pero también así, contraproducentemente, vuelve el gran relato, muere la posmodernidad, o agoniza. Todo lo que nos aburría hace unos años vuelve y chorreando sangre; hay un Dios Islámico que viene furioso hacia occidente y con muchas ganas de matar… y Latino América está ingresando a la tormenta de la mano de Chávez y están todos, pero todos, asustados, locos, paranoicos y van a matar y mucho. Y ahora lo de Reyes.

Apocalipsis. Debería estar contento, vuelve el sentido en la acción. Un sentido y un horizonte de destrucción masiva, pero un sentido en fin. Hay un sentido de la historia por primera vez en mucho tiempo. Vuelve lo que siempre deseé. ¿Es que la historia es lineal? ¿O un espiral? ¿Debería estar contento? Alguna otra mañana, con otra bestia en mi mente, quizá lo responda. ¿Debería estar contento? ¿O preferimos la liviandad? ¿Nos unimos al nuevo gran relato? ¿Hacemos arte con sentido nuevamente? ¿O empezamos a añorar los tiempos de papel maché sobre acrílico? Alguna otra mañana, con otra bestia en mi mente, quizá lo responda.


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